Esto no es nuevo. Hay veces en la vida en que nos miramos al espejo y descubrimos que, sutilmente y sin darnos cuenta, estamos derivando hacia esa roca que sobresale amenazante entre el oleaje. Las acciones propias, destinadas a evitarla no hacen más que acercarnos más a ella. Sí, no es algo nuevo.
Hace unos días estuve pensando acerca del papel de la moral en el mundo en el que vivo. Y bueno, se me cayó el alma a los pies.
Ese día leí un artículo de opinión de El País en el que tocaba varios temas importantes y profundos. De todo él me quedo con una idea que puede ayudar a averiguar cómo hemos llegado a la presente situación: el siglo XX ha servido, entre otras muchas cosas, para que el ser humano se asuste de sí mismo, se quede perplejo de las barbaridades y atrocidades de que es capaz, haciendo que abandone la idea de nuevos grandiosos proyectos y permitiendo que se haga un ovillo en el fondo de su cueva con jacuzzi. Dos guerras mundiales, el fracaso en el entendimiento entre los pueblos, el terrorismo como problema global... y aquí estamos, en el inicio de un nuevo siglo del que han pasado ya siete años y sin que haya habido ninguna mejora palpable en la situación, sino todo lo contrario.
El otro día ví 2010, Odisea dos, y me embargó la tristeza más profunda. No me sentí con fuerzas para ver 2001. Solamente me puse las escenas del mejor baile espacial de toda la historia:
Sí, hay erosión y cansancio. Lo noto en mí mismo y a mi alrededor. Nunca, jamás, he visto a tanta gente echar de menos los tiempos en que vivía el dictador, y lamentablemente no puedo achacarlo a la nostalgia de los que opinan eso. No, tiene que haber algo más. Nunca, jamás, he visto a tanta gente desorientada acerca de lo que está bien y lo que está mal, acerca de lo que es blanco o negro, acerca de el lugar que ocupamos en el universo y de lo que el universo opina de nosotros.
Nos estamos yendo, sin quererlo claro, pero nos estamos yendo de aquí. Nuestras piernas nos sostienen cada vez menos firmemente en esta tierra, debilitadas por siglos y siglos de darnos de cabeza con los mismos problemas y de seguir sin encontrar soluciones que podamos aplicar. No me extraña que cada vez estemos más dispuestos a creer lo que nos sirven por la tele, total... ¿qué más da creer en eso que en cualquier otra cosa? Es tan cansado pensar, es tan horrible saber que no sirve de demasiado... sí, es perfectamente entendible.
Yo he nacido cansado. Y llevo estando cansado todos los días de mi vida y sin saber por qué es así. Llevo estando cansado antes siquiera de saber lo que era estar cansado, pero es así. A veces tengo la sensación de que eso mismo es lo que le ocurre a todo el mundo a mi alrededor. Y cada vez el cansancio es mayor y la tolerancia es menor. Cada vez hay menos energía y menos lugar para las preguntas, para la mente inquisitiva, para intentar hallar las propias respuestas a la vida.
Escribo cansado, sabiendo que miles, cientos de miles de personas mejores y más capaces que yo se han sentido así, han buscado la respuesta y han fracasado. Siento las miradas de todos los grandes filósofos, de todos los grandes pensadores, observandonos desde el Hades, moviendo la cabeza con pesadumbre y pensando, pensando en si ha merecido la pena, en si el ser humano es merecedor de encontrar alguna vez alguna respuesta o si su destino es tener siempre la incertidumbre y el vacío llamando a la puerta de su casa.
Yo también me lo pregunto cada día.